Motivo.
Hay días en los que me levanto porque sí, porque toca, porque el cuerpo ya sabe el camino aunque yo no lo sienta, ¿sabes?
Abro los ojos y lo primero que llega no es emoción ni ganas, es como un piloto automático medio frío que me empuja a hacer lo mínimo para que la vida no se me caiga encima.
Y claro, podría decir que eso ya es algo, que levantarse ya cuenta, que cumplir ya suma, pero la verdad es que se siente raro, se siente hueco, como hacer las cosas nomás para evitar las consecuencias de no hacerlas. No por amor, no por sentido, no por hambre real, sino por miedo a la factura que cobra el quedarte quieto.
Y no es que no tenga sueños, porque los tengo, y un montón. No es que no sepa lo que quiero, porque lo sé; terminar la carrera, trabajar de lleno, comprarme cosas, viajar, armar algo grande con lo que hago, con lo que pienso, con lo que siento.
El problema es que a veces todo eso se me deslava, como si las metas fueran posters en una pared y no una razón viva, como si estuvieran ahí nomás para verse bien, pero no para sostenerme cuando me siento sin alma.
Y entonces me pregunto qué me falta, qué se supone que debería encenderme, por qué a veces ni la recompensa me alcanza, por qué incluso lo que antes me emocionaba hoy me da igual.
También está el cansancio, ese que no siempre tiene explicación, ese que se te pega aunque no hayas corrido, aunque no hayas cargado nada, aunque no hayas hecho “tanto”, y aún así te pesa. Tal vez es que no he comido bien, tal vez es que no descanso, tal vez es que me he abandonado poquito sin darme cuenta, o tal vez es mental, y ya se metió en los músculos como humedad. Porque sí, a veces quiero hacer mil cosas, tengo planes, tengo ambición, tengo fuego, pero me falta una chispa que lo justifique, una razón que dignifique lo cotidiano, que le ponga un nombre bonito a respirar, a trabajar, a estudiar, a insistir.Lo más duro es que, no es que quiera rendirme, no. Es más bien esa sensación de estar vivo sin estar presente, como si yo mismo me viera desde lejos, cumpliendo, avanzando, pero sin sentir que lo que hago tiene un fondo, un “para qué” que me abrace de verdad. Y luego está eso otro que casi nunca se dice en voz alta, porque suena raro, porque suena a necesidad, porque suena a que uno depende de algo, ¿sabes? Pero yo sí lo siento: a veces no me basta conmigo. No me alcanza la idea romántica de “hazlo por ti” cuando por dentro me siento apagado, cuando mi cabeza está llena de planes pero mi corazón no se conecta con ninguno.
Hay días en los que quisiera que alguien me viera de verdad, no por ego, no por presumir, sino porque sentirme mirado me regresa al cuerpo, me regresa al presente, como si esa mirada fuera una prueba de que sí existo y de que lo que hago tiene un peso real. Porque sí, claro que me gusta demostrar. Me gusta callar voces, me gusta que la gente se trague sus dudas cuando me ve hacerlo bien, me gusta sentir que soy capaz, que soy bueno, que no estoy desperdiciando el potencial que sé que tengo. Y es bien curioso, porque odio que duden de mí, pero a veces el que más duda de mi soy yo.Yo soy el que se sabotea, el que se promete y no se cumple, el que se mira al espejo y se pregunta por qué no está dando el cien cuando sabe que podría. Entonces ahí se arma una guerra silenciosa, una parte mía queriendo brillar, y otra parte mía apagándome la luz antes de que alguien la vea.También está lo de compartir, que a mí me pesa más de lo que me gustaría admitir. Porque sí, puedo viajar solo, puedo salir solo, puedo hacer cosas solo, me encanta, pero llega un punto donde todo lo bonito se vuelve raro si no tienes con quién voltearte y decir “mira esto”, “ven”, “quédate”, “te lo quería enseñar”.
Y cuando eso no está, cuando no hay una persona específica, siento que mis metas se quedan sin destinatario, como cartas guardadas en un cajón.
Demasiadas ideas, demasiadas imágenes, demasiadas ganas de decir algo, de sacar algo, de convertir lo que me pasa en algo que se pueda tocar, aunque sea con palabras, con cualquier cosa que me haga sentir que no estoy nomás existiendo. Pero últimamente me pasa que me siento repetido. Como si mi mente estuviera atorada en un mismo molde, como si estuviera diseñando en el aire, sin raíz, sin historia, sin sangre. Y eso me frustra, porque sé que tengo algo que expresar, sé que tengo una voz, sé que hay una forma en la que yo miro el mundo que no es cualquier cosa, pero no siempre puedo alcanzarla.Es como cuando tienes una canción en la punta de la lengua y no sale, como cuando tienes una emoción exacta pero no encuentras el nombre correcto, y entonces lo intentas a fuerza y se vuelve falso, se vuelve técnico, se vuelve mecánico. Y ahí es cuando me doy cuenta de que mi problema no es la falta de talento, ni la falta de sueños, ni siquiera la falta de disciplina, es la falta de sentido, o más bien, la falta de presencia. Porque cuando estoy presente, cuando de verdad estoy aquí, todo se acomoda distinto; el café sabe a algo, el cielo pesa diferente, el cuerpo responde, las ideas se conectan, la vida no se siente como una lista de pendientes sino como una escena que sí quiero habitar.Pero hay días en los que no. Hay días en los que abro los ojos y no hay nada, y eso asusta, porque uno empieza a preguntarse si así va a ser siempre, si la vida se va a volver un trámite eterno, si la ambición se va a quedar como un adorno bonito que no mueve nada.Y ahí es donde yo me agarro de lo poco que todavía me amarra: de esa parte de mí que, aunque esté cansada, aunque esté confundida, aunque esté rota por ratos, todavía quiere. Todavía sueña. Todavía se imagina una versión más completa de mí mismo, una versión que no se levanta por miedo, sino por hambre.No tengo la respuesta, y creo que eso es lo más honesto que puedo decir. No sé cuál es el motivo final, no sé cuál es el “para qué” definitivo, pero sí sé algo: cuando todo se siente vacío, a veces el sentido no se encuentra, se construye.Se construye con actos chiquitos, con días que no brillan, con disciplina triste, con cariño propio aunque sea torpe, con la decisión de no abandonarte aunque no te estés sintiendo al cien.Y tal vez eso sea lo único que puedo prometerme por ahora, que aunque haya días en los que no me sienta vivo, no me voy a dejar morir en vida.
“El hecho de que la vida no tenga sentido es una razón para vivir —la única, en realidad.”
Y no hablo solo de una pareja, aunque cuando he tenido a alguien, cuando me gusta alguien, cuando hay una ilusión romántica, yo me prendo como si me conectaran a corriente directa. Me dan ganas de lograrlo todo, de trabajar más, de crecer, de construir, de comprar, de regalar, de llevarte conmigo, de decirte “esto también es tuyo”.Y ahí es cuando me asusta un poco, porque no quiero vivir dependiendo de una presencia para sentirme vivo, no quiero que mi energía dependa de si alguien me escribe o si alguien me extraña. Pero al mismo tiempo, no puedo fingir que no me importa, no puedo fingir que soy una isla completa.Yo quiero hacer cosas grandes, sí, pero también quiero que tengan un eco, que reboten en alguien, que regresen convertidas en algo más que aplausos, en algo que se sienta hogar.Quizás lo peor es que ni siquiera es que sea una persona vacía, al contrario, yo siento que traigo demasiado adentro.
“No hay para qué levantarse: el día no ofrece nada que la noche no haya prometido.”
-Emil cioran